Naturaleza, hombre y mujer – Por Juan Manuel Otero Barrigón

Pintura

Diego O. Ramos – Arte Visual 

(http://diegooscarramos.blogspot.com/)

 

Naturaleza, hombre y mujer

«Algun día, cuando hayamos dominado los vientos y las mareas, y las olas y la gravedad, amarraremos en Dios las energías del amor; y luego, por segunda vez en la historia del mundo, habremos descubierto el fuego». Pierre Teilhard de Chardin

Por Juan Manuel Otero Barrigón

(Psicólogo. Coordinador Red de Estudios Religare. Prof. Adjunto Cátedra “Psicología de la Religión” – Universidad del Salvador)

El siguiente trabajo iba a ser presentado originalmente en la Jornada «Sobre el amor», el pasado mes de Junio, en la Facultad de Psicología y Psicopedagogía de la Universidad del Salvador (Buenos Aires, Argentina). La Jornada fue postergada a causa de la actual Pandemia por Covid 19.

El título de este trabajo toma prestado el nombre de un bello libro que escribiera el filósofo británico Alan Watts. Junto a él, y a ciertas premisas del sabio de Zurich (en referencia, si es que alguna duda cabe, al gran psiquiatra suizo C.G.Jung), vamos a intentar decir algo sobre el amor, si es que algo nuevo puede decirse acerca de uno de los temas que más páginas ha ocupado en la larga historia de la literatura, y por supuesto también, en la del ser humano.

 

Watts y Jung pensaron el amor con la sencillez y la profundidad propia de los antiguos sabios taoístas, por lo que también ellos, viejos compañeros del Camino, van a hilar junto con nosotros estas breves reflexiones.

 

La psicología profunda nos recuerda que la visión del mundo en Occidente hasta las vísperas de la Revolución científica del siglo XVI fue la de un mundo encantado. Un mundo donde las rocas, los ríos, los árboles y los vientos eran contemplados como algo maravilloso y lleno de vida. Un mundo donde los seres humanos estaban plenamente integrados a ese ambiente. El cosmos era un lugar de pertenencia, de correspondencia. Y un miembro de ese cosmos participaba directamente de su drama, no era un mero espectador alienado del mismo. Su destino personal, estaba conectado íntimamente con el destino de todo lo que lo rodeaba, y es en esa profunda interrelación, donde el ser humano encontraba sentido a su vida.

 

A partir de esta consciencia participativa original, se fue dando un progresivo desencantamiento del mundo, en un proceso en el que comenzó a primar una distinción rígida entre lo propio y lo ajeno,  el observador y lo observado: todo pasó a ser un objeto separado, distinto, aparte de mí.

 

La consciencia participativa original cedió lugar al ethos de la administración y la técnica, que modeló la civilización occidental a fuerza de explotar brutal e ilimitadamente los recursos naturales; la naturaleza fue así convertida en algo totalmente separado de nosotros, apenas una fuente de recursos de los que aprovecharse al máximo posible.

 

Según Watts, hay una correlación simbólica entre la actitud del ser humano hacia la naturaleza a partir del siglo XVI y su actitud hacia el sexo opuesto. La relación entre hombres y mujeres se hace problemática siempre que impera un sentimiento de separación entre naturaleza y ser humano. Y es que cuando el mundo natural es considerado una realidad inferior sobre la cual es posible ejercer poder, el amor, y especialmente su expresión sexual, aparecen como malos y degradantes. Territorios donde el cuidado, la sensualidad y la sensibilidad ceden su lugar a la dominancia, el control y a nuestro miedo a sentir.

 

Recordemos que en su modelo de la Psique, Jung consideraba la existencia de un estrato más profundo que el inconsciente personal, al que se refirió como inconsciente objetivo o colectivo. Los componentes de ese estrato, denominados por él arquetipos, son imágenes primordiales, los ladrillos básicos con los que está compuesto el psiquismo, y que nos predisponen a experimentar el mundo de determinadas formas universalmente humanas.

 

Jung postuló la existencia de varias de estas unidades básicas de la Psique, entre las cuales destacó el Ánima y el Ánimus.

 

Por lo general, los seres humanos rechazamos aquellas cualidades que consideramos incompatibles con nuestra identidad como hombres y mujeres. Estas cualidades, tradicionalmente expresadas como la emoción en los hombres y el poder en las mujeres, nos hablarían, según el sabio de Zurich, de la necesidad de relacionarnos con nuestro mundo interior de una manera mucho más completa, sana y armónica, integrando psíquicamente a nuestra “otra mitad”. Esto significa, que para relacionarme de manera más fresca y genuina con mi sexo opuesto, debería, primero, poder reconocer a “ese” opuesto dentro de mí mismo. En ese sentido, podemos ver, Jung reconoció la importancia para cada sexo de desarrollar cierta androginia psicológica.

 

El Ánima es entonces el arquetipo correspondiente al aspecto femenino interno del hombre, mientras que el Animus se identifica con el aspecto masculino interno de la mujer.

 

Jung nos sugirió que identificada inicialmente con la madre personal, el Ánima se vivencia posteriormente no sólo en otras mujeres con las que el hombre se relaciona, sino como una influencia penetrante en su vida subjetiva, de profundísimas raíces en el inconsciente profundo.

 

En “Arquetipos e Inconsciente colectivo”, refirió textualmente que: “(El Ánima) es siempre el elemento a priori en los estados de ánimo, reacciones, impulsos, y en cualquier otra cosa espontánea en la vida de un hombre”.

 

Complementaria a la personalidad externa atada a los imperativos sociales, se sitúa en una relación compensatoria con ella, de manera tal que todas aquellas cualidades ausentes en la actitud exterior, serán encontradas, más o menos contenidas, en el interior.

 

Jung planteó aquí algo de acuciante importancia y actualidad, sobre todo para pensar estos tiempos, en los cuales muchos hombres nos sentimos convocados a replantearnos los mandatos históricamente establecidos en torno a la masculinidad tradicional, a la forma en la que esta se transmite y se constituye, y en definitiva,  al significado profundo del “Ser Hombre”.

 

De la misma manera, Jung sugirió que la mujer es compensada interiormente por un elemento masculino, y por lo tanto, su inconsciente lleva el sello de la masculinidad. Así como el Ánima corresponde al Eros materno, el Animus se identifica con el Logos paterno. No hay aquí superioridad de un principio sobre el otro, sino el reconocimiento de una diferencia básica a incorporar.

 

La existencia de estos principios contrasexuales significa que en cualquier relación entre un hombre y una mujer encontramos, al menos, cuatro personalidades involucradas: el ego de la mujer, el ego del hombre, el Animus, y el Ánima.

 

Mientras la tarea del hombre consiste en asimilar su Ánima, para lo cual tiene que descubrir sus verdaderos sentimientos, la mujer se reconoce con su Animus cuestionando constantemente sus ideas y opiniones.

 

Convengamos en aclarar que nada de esto resulta posible si suprimimos las diferencias psicológicas fundamentales que estructuran la vida subjetiva tanto de hombres como de mujeres.

 

Reconocer las diferencias no quiere decir, sin embargo, establecer separaciones tajantes, ya que resulta claro de que manera, para Jung, hombres y mujeres están íntimamente imbricados en las capas más profundas de su psicología, lo que nos remite a aquel célebre símbolo oriental del taijitu, propio de la cosmovisión de los chinos taoístas.

 

Recordemos que para la psicología analítica, “toda expresión psicológica es un símbolo si asumimos que establece o significa algo más que ella misma, lo cual escapa a nuestro conocimiento actual”. Es decir que, en tanto mejor expresión posible de algo que en esencia nos resulta desconocido, los símbolos catalizan y proporcionan la energía psíquica que nos permite tanto emprender tareas significativas como abrazar la vida con mayor plenitud.

 

En estos términos, todo símbolo podría ser considerado una ofrenda amorosa nacida de las entrañas mismas de la Psique, en su camino hacia la integración.

 

El taijitu es un símbolo que representa los conceptos de la filosofía china del yin y el yang, y del taiji, como principio generador de todas las cosas.

 

Los opuestos complementarios se parecen a dos peces nadando en el agua. Se refleja en ellos un equilibrio total. Allí donde el Yang es menor, el Yin es mayor; donde el Yin disminuye, el Yang crece. En el centro de ambos polos hay un círculo pequeño: una semilla Yin en el interior del ámbito Yang, y el origen de Yang en el extremo Yin.

 

Yin y Yang suponen, por esta vía, una circularidad infinita, reflejando la totalidad vivencial que representa el Tao.

 

La antigua sabiduría del taoísmo chino enseña un tipo de percepción no fragmentada, donde la naturaleza es captada como un todo orgánico que nos incluye, diluyendo los límites entre lo natural y lo espiritual. Desde antaño, los taoístas destacaron la interdependencia de estos opuestos,  cuyo equilibrio en la vida interior es condición sine qua non para alcanzar la armonía en relación a todo lo que nos rodea.

 

Armonía, del griego Harmonía, cuyo significado etimológico nos remite a la “juntura” o “clavija” que supone juntar una cosa con otra en un orden placentero. Dando cuenta esto, que allí donde hay armonía, también encontramos lazos de amor.

 

Sólo cuando hombres y mujeres son capaces de reconocer sus contrapuestos internos y hacerlos partícipes conscientes del fluir de su experiencia vital, pueden emerger la calidez curativa y la amabilidad auténtica que son elevadas expresiones del sentimiento amoroso genuino.

 

Para ello, y así como el saber popular nos sugiere, “la caridad empieza por casa”, por lo que resulta esencialísima la exploración interior que permita iluminar aspectos sumergidos a nuestra orientación consciente, y así cultivar las cualidades reprimidas que hombres y mujeres necesitamos para desarrollar vínculos intra e intersubjetivos más íntegros.

 

Esto supone, claro está, animarse a poner en entredicho aquellas premisas filosóficas y mandatos culturales que a lo largo de los siglos nos fueron separando de ese yo que trasciende las fronteras de lo meramente psicológico y se enraiza en los terrenos de la ontología.

 

En el caso de los hombres, es la posibilidad de admitir que muchos de nuestros condicionamientos, que solemos atribuir a los imperativos laborales y sociales o al mero paso del tiempo y de la costumbre, responden más bien a nuestra sensación de pérdida de identidad como varones.

 

Asumir nuestra propia conexión creativa con los ritmos y los ciclos de la naturaleza, para descubrir que “el más fuerte” no es el que más poder o recursos materiales concentra, sino quien es capaz de cultivar el corazón y la mirada para abrirse a aquello que de verdad nos nutre de energía y vitalidad.

Todo lo cual requiere asumir la interrelación que existe entre los seres, y dejar de sentirnos amenazados por los misterios de la vida, para pasar a abrazarlos, y con ello, comenzar a habitar el mundo de una manera nueva.

 

Algo de esto nos dijo Lao Tsé, quien en la tablilla VI del Tao Te King escribió:

 

“El alma del valle nunca muere:

es la madre misteriosa.

La puerta de la misteriosa madre,

raíz de Cielo y Tierra,

continua e inmutable es:

su obra nunca la agota”.

 

El valle y el espíritu son los dos elementos que cincelan nuestro plano: el yin y el yang, femenino y masculino, que como opuestos complementarios dan forma a la madre misteriosa: nuestra naturaleza, todo aquello que nos contiene, tanto por fuera, como por dentro. Cuando Lao Tsé nos habla de la puerta de la madre misteriosa, nos sugiere que hay que entrar en el yin (oscuridad) para alcanzar el yang (luz). Algo que también nos remite a las ideas de Jung, para quien “no se alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la propia oscuridad”.

 

Hacer consciente la propia oscuridad no significa solamente reconocer nuestras zonas erróneas y nuestros rasgos censurables, sino también alumbrar aquellos aspectos de nosotros mismos capaces de sintonizar con nuestro potencial creativo, y con ese mar de posibilidades inexploradas que duermen en nuestro mundo interior. En definitiva, supone un acto esencial de autocuidado que es, al mismo tiempo, un acto de amor.

 

Además, y por esta vía, al contemplar la naturaleza, (lo que en esencia implica contemplar-nos-), podríamos descubrir en ella a una sabia maestra. Sabiduría distorsionada por aquel sesgo que nos impide ver en la naturaleza algo más que un medio para alcanzar nuestros fines personales. ¿Acaso tan distinto esto a cómo los seres humanos nos concebimos a nosotros mismos dentro del paradigma tecnocrático vigente, que según Byung Chul Han, se mueve bajo el signo productivo y agobiante de la pura positividad?

 

Quizás la senda pase por aprender a relacionarnos con la naturaleza con más sensibilidad y sentimiento, dejando de aprovecharnos vilmente de su gratuidad, de la misma forma en que tanta veces nos aprovechamos del prójimo, dentro de esta pura ley de correspondencia que venimos trazando.

 

Prójimo que nos remite por entero a otro ámbito  de expresión amorosa actualmente en crisis, como lo es el ámbito comunitario.  Esfera donde la debilidad de los lazos de unión y comprensión entre las personas, invitan a repensar el lugar que el amor ocupa en las sociedades en construcción en este siglo xxi, si es que ocupa algún lugar. Preocupación que ya estaba presente en Jung, quien supo advertir, citándolo textualmente, que: “La cuestión de las relaciones humanas y de la cohesión interna de nuestra sociedad es un asunto urgente en vista de la atomización de las masas humanas meramente apiñadas, cuyas relaciones personales se ven minadas por la desconfianza universal. Donde tienen lugar la inseguridad jurídica, la vigilancia policial y el terror, las personas caen en el aislamiento, lo cual constituye la finalidad y el propósito del Estado dictatorial, pues éste se basa en la mayor acumulación posible de unidades sociales impotentes. Frente a este peligro la sociedad libre necesita un medio de cohesión de carácter afectivo, es decir, un principio como el que representa la caritas, el amor cristiano al prójimo. Pero precisamente el amor al congénere es el que más sufre como consecuencia de la falta de entendimiento provocada por las proyecciones. Es, pues, de máximo interés para la sociedad libre interesarse, desde la comprensión psicológica, por la cuestión de la relación humana, pues en ella reside su verdadera cohesión y también, por lo tanto, su fuerza. Donde acaba el amor comienzan el poder, la violación y el terror”.

 

Cultivar la consciencia participativa que planteamos al inicio, y de la cual las obras de Jung y de Watts son dos vivos ejemplos, significaría retornar al Camino que como humanidad comenzamos a recorrer, cuando el lugar omnipresente que actualmente ocupa la Técnica, lo ocupaba anteriormente la dimensión plena del Sentido. Camino y Sentido que nos arrojan dos de las posibles traducciones del mismo principio esencial que los chinos llamaron Tao, y que para Jung se imbricaba con el corazón mismo del arquetipo del Sí Mismo y del proceso de individuación.

 

Camino y Sentido que nos devuelven la posibilidad de reunirnos, de religarnos…

 

De poder-ser más integrados:

 

primero, con la naturaleza, de la cual formamos parte y somos expresión emergente.

 

segundo, con nuestro prójimo, que nos inscribe subjetivamente, nos espeja y, siendo “otro”, también se nos escapa.

 

tercero, con la comunidad,  que nos contiene y al mismo tiempo nos confronta con todo tipo de verdades: emocionales, políticas, económicas, sociales, espirituales, mentales.

 

Y, finalmente, o para empezar, con nosotros mismos y nuestra propia psyché (Alma), en la masculinidad y femineidad profundas que nos constituyen, dentro de un universo donde, como dijera un querido amigo*, todo es íntimo, todo es animado, todo es compartido, y por ende también, todo es universal.

 

 

 

 

 

* La referencia es a Diego O. Ramos, el autor de la pintura que acompaña este texto

Bibliografía:

Chul Han, Byung. La sociedad de la transparencia. Editorial Herder, Barcelona, 2013.

Jung, Carl Gustav. Arquetipos e Inconsciente Colectivo. Paidós, Barcelona, 2009.

Jung, Carl Gustav. Sobre el amor. Editorial Trotta, Barcelona, 2018.

 

Sharp, Daryl. Lexicon Jungiano. Cuatro Vientos Editorial, Santiago de Chile, 1994.

Watts, Alan. Naturaleza, hombre y mujer. Editorial Kairós, Barcelona, 1989.

 

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